Durante su visita a Madrid para promocionar John Rambo, Sylvester Stallone tuvo unas palabras de afecto para su amigo y antiguo rival, Arnold Alois Schwarzenegger. "Es un tipo fantástico. Quedamos con frecuencia para fumarnos un puro, aunque tenemos vidas distintas. A él le encanta dar discursos y yo prefiero irme a mi casa con mis hijos y mi perro".
Ambos fueron los héroes indiscutibles del cine de acción de los años 80, y aunque muchas de sus películas son intercambiables, sus carreras y trayectoria tienen menos en común de lo que podría parecer. Se les podría considerar los Boris Karloff y Bela Lugosi del celuloide con esteroides, en el caso de que Arnie tuviera la mitad de clase que el mítico intérprete de Frankenstein.
Schwarzenegger participó casi siempre en películas de mayor presupuesto que su rival y tuvo suerte de ser dirigido por realizadores tan personales como John Millius (Conan el bárbaro), Paul Verhoeven (Desafío total) o James Cameron (las dos primeras entregas de Terminator o Mentiras arriesgadas).
Todas ellas brillan por el talento de sus autores y no por las dotes expresivas de su protagonista. Sly Stallone se midió con Michael Caine en Evasión o victoria, de John Huston, pero el resto de sus películas han sido facturadas por directores tan anónimos que se puede afirmar que el actor neoyorkino es un género en sí mismo.
Cyborgs contra iconos
Mientras que la mayoría de héroes de Schwarzenegger son algo grises, Stallone es el responsable de dos de los iconos más representativos de la cultura popular desde hace décadas: Rocky Balboa y John Rambo.
El primero es un trasunto del propio actor, alguien no demasiado listo pero esforzado, que además exhibe sin reparo su orgullo de clase obrera. John Rambo era un veterano de la guerra de Vietnam, pero también un antihéroe desquiciado incapaz de encontrar su sitio.
Convengamos en que ninguno de los dos es Cary Grant, pero Stallone trató de lograr una mayor amplitud de registros dentro de los estrechísimos límites que permitía el cine de acción de la época. Muchos de sus héroes son taciturnos (Cobra), tratan de recobrar vínculos afectivos con sus seres queridos (Yo, el Halcón) o arrastran el peso de la culpa (Máximo riesgo).
Los personajes de Schwarzenegger siempre fueron más unidimensionales, y si no hablan lo suficiente no es porque escondan secretos sino porque no tienen nada que decir. Robin Williams llegó a decir en su día que, salvo la perra Lassie, ningún actor había hecho más películas hablando tan poco.
